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Ficha
Portada del libro Riesgo eléctrico, de Adriana Bañares Camacho
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    • Unidad(es)

    Caracteristicas

  • Páginas: 116
  • Formato: 20,5x14x0,80 cm
  • Fecha Edición: 2025
  • Edición: 1
  • Idioma: Castellano.
  • Encuadernación: Tapa blanda o Bolsillo - Cosido.
  • Peso: 0,215 kg.
  • Riesgo eléctrico

  • 9791399015683
  • Autor: Adriana Bañares Camacho

  • CORRER RIESGOS CORRER T/ Hay un solo poema en pequeñas astillas, acaso en hilachas de madera. Menos aún que hilachas, si acaso la finísima rebaba de piel de árbol y humana con que prender la noche. T/ El poema se tiende arriba de la página. Como el tendido eléctrico conoce la caída, el fulgor del instante, el salto que provocan el fuego y el dolor. T/ Una mujer atraviesa una casa que arde. Es Adriana Bañares. T/ No sé qué hacer con las rimas internas, aunque no siempre las tema. T/ Lo escribió Anne Carson: “Si la prosa es una casa, la poesía es alguien en llamas corriendo a través de ella”. T/ Su nombre es Adriana Bañares. Tiene varios nombres más, porque acoge lo múltiple que la escritura dice: es la mujer de Lot, es Eurídice muerta pero viva. T/ Cuando la mujer de Lot gira la cabeza, se vuelve un minúsculo grano de sal sobre la lengua. Con los restos del sol y animales pequeños se escriben el miedo y el alféizar. T/ Cuando la mujer de Lot se gira y queda condenada, un chispazo de muerte nos recorre. En la torsión sorprendida del cuello hay un modo de mover el mundo sobre otro eje, otras normas de la gravitación, otro lenguaje que resulte posible. T/ Eurídice sale del inframundo, al que aún pertenece por un pie. ¿El mismo que golpeará las hojas y encontrará debajo un pájaro muerto? El cuerpo sofocado del pequeño animal, la mujer hermosísima que no logra salvarse. La cabeza se vuelve en ese justo momento. Orfeo, que no logra obedecer, se gira para amarla. Y la pierde. Se pierde. Solo queda el abismo. T/ Pero no: también está el suelo morado de las jacarandas. El cuerpo desnudo del árbol desnudo. La belleza extrema en tal delicadeza que la muerte aguarda debajo de la página. Debajo de las hojas ya caídas. En la mano que escribe su temblor. T/ El blanco de la página es tanto que el poema parece una piedra de obsidiana, pero no por ser sólida o mortífera, sino porque puede alumbrar en medio de la luz. T/ Libro y boca: el abismo. Libro-foso: “No he sabido dibujarte. No entiendo de perspectiva/ pero sí de profundidad”. T/ Solo el alto voltaje asegura alcanzar largas distancias. Solo así puede transmitirse energía (poesía, quise decir poesía). T/ De cada poema nace después otro. Se reconocen en el vértigo, la sima que se abre y reconoce. La presencia del monstruo y de la infancia. T/ “El monstruo es quien se queda o quien se va./ Quién se queda y quién se va”. Lo que puede una tilde, aquella menudencia como un pie, la patada que damos a un vocablo para que debajo aparezca el cadáver de un pájaro (y su muerte es la nuestra, de algún modo). T/ “Como un pez abisal que no soporta/ cómo caería yo si fuera posible…”. El pie en el aire, la herida en el aire, la caída hasta el fondo que no podemos ver. Algo parecido a la abisalidad, porque lo no dicho se escribe más abajo del talud del continente, lo que intuimos y avisa con su sola sombra sobre la superficie. T/ Otra vez el abismo, la caída, la fascinación abrasada de su propia caída. T/ Nos atraviesa el fuego pero lo atravesamos. T/ Adriana Bañares: el alto voltaje del lenguaje. [No sé qué hacer con las rimas internas, aunque no siempre las tema.] T/ Toda muerte conoce su caída. Lo sabía Vallejo cuando escribió que el cadáver, ay, siguió muriendo. Medimos versos y lecturas, kilómetros y kilómetros de cable, el tanto voltaje, el cada cadáver, pero eso no detiene la caída. Toda vida conoce su caída. T/ Pero no. El poema tiende su propio cable: subterráneo, terrestre, aéreo. Conoce los dialectos de la movilidad y no va a detenerse salvo para el abrazo. T/ Si en este libro unimos todos los puntos de lo visible y lo invisible que ha trazado Adriana Bañares, de pronto emerge nuestro propio rostro. Por eso lo (la) necesitamos tanto. T/ Riesgo eléctrico es al menos dos, al menos en femenino, la una, la otra, “una yo”, lo que se difumina como si fuese ceniza, el desplazamiento prodigioso que llamamos pronombre. T/ Se reduce el voltaje para la transmisión local. Pero en los libros que se quedan a vivir en nosotros, a los que ya pasamos a pertenecer de alguna forma, no hay nunca reducción de voltaje, por más cerca que estén de nuestra piel. Nos dice el erizamiento, casi como si soñáramos con la transmutación. T/ El poema tiende su propio cable submarino. Avanza velocísimo y hermoso. No va a detenerse salvo para el abrazo. T/ Los ojos abiertos, la luz que no alcanza. La poesía que es riesgo y que no cede. Nos mira: ni parpadea ni cede. T/ Imaginé un epílogo como tendido eléctrico. Puede prenderse también, correr, echar a arder. Ponerse boca abajo. Leerse desde abajo. En todo caso, no importa, solo necesita no olvidarse del riesgo, celebrar Riesgo eléctrico. Detenerse, por fin, para el abrazo. Epílogo de María Ángeles Pérez López
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